Culpa vs Responsabilidad

Probablemente este sea uno de los temas más hablados con respecto a la terapia es la culpa vs responsabilidad. Por lo menos, yo lo he escuchado mil veces. Y, como pasa con la mayoría de las cosas, da igual lo mucho que se escuche una frase o una teoría o un mantra, que hasta que no cala en el cuerpo no se vive con la misma verdad.

A mí me ha pasado en los últimos meses que este tema, como una gotera que va rellenando poco a poco el cubo que sostiene su agua, ha calado en mí y he podido hacerme consciente realmente de la diferencia que hay entre la culpa y la responsabilidad. O, como más me ha ayudado verlo a mí, entre juzgarme y mirarme con compasión.

Diferencias entre la culpa y la responsabilidad

Me he podido dar cuenta real, más allá de las palabras, de la diferencia que hay en mí cuando me miro queriendo cambiar quién soy a cuando me miro aceptándome y con amor.

A mí me pasa que soy una persona muy exigente, porque vengo de un entorno que así me ha enseñado y que igual me ha exigido. Desde ahí tengo un carácter de mejorarme continuamente. Y esto, por supuesto, se me cuela en mi propio proceso terapéutico.

Cuando voy desde la exigencia quiero mirarme para conocer ya todos los entresijos de mi carácter y poder cambiar las cosas que no me gustan, mejorar, construir una mejor versión de mí. Le pongo tanta exigencia a esto que me meto prisa, y no me doy permiso para vivir el proceso con la calma que necesita y merece por la culpa. Cuando he visto una cosa no quiero verla más veces, porque si ya la he visto ya la tengo que “mejorar”.

Y ha llegado al extremo de que mi terapeuta me señale alguna de mis dificultades y mi primera reacción sea sentir mucha vergüenza, que alguna vez se manifiesta como enfado, porque “yo ya debería estar bien de eso y ser perfecta y no necesitar más terapia”.

Me juzgo y no me acepto

Desde la exigencia me juzgo y no me acepto. Desde la exigencia no puedo hacerme cargo. Cuando estoy juzgándome y criticándome, si alguien me señala alguno de los aspectos que yo no acepto de mí misma, me defiendo. Pero no me hago cargo.

Una de mis dificultades tiene que ver, precisamente, con este no ser la mejor versión de mí misma. Por lo tanto, si alguien me señala que he hecho algo que no le ha gustado o que le ha podido doler, mi parte más dañada siente que el mensaje que me está dando no se refiere solo a aquella cosa que me esté señalando, sino a toda yo. Como si me estuviera rechazando por completo. Desde ahí me siento pequeña e indefensa, y me quedo paralizada, asustada o enfadada por que alguien a quien quiero me haya rechazado. Desde ahí me es muy complicado reparar o pedir perdón.

En cambio, y esto es lo que he podido sentir en el cuerpo últimamente, y se siente casi como magia, cuando reconozco que no soy perfecta y que tengo dificultades, puedo escuchar a la otra persona decirme que he hecho algo mal o que no le ha gustado. Lo puedo recoger mi culpa, puedo sentir realmente que lo que me intenta transmitir tiene que ver con una parte de mí o una acción que he hecho, y no toda yo. Me veo, me reconozco, acepto mis imperfecciones, y me puedo hacer cargo.

La culpa y pedir perdón

Puedo pedir perdón, puedo reconocer que, en efecto, lo que me está señalando es una de mis mayores dificultades, puedo mirarlo en terapia y tratar de entender de dónde me viene dicha dificultad y puedo vivir con ello, sabiendo que soy humana y voy a cometer errores.

Cuando me miro con compasión y puedo ver mis sombras no trato de ocultarlas todo el rato. Permito que otros las vean, y desde ahí dejan de escaparse sin mi permiso. Porque me he dado cuenta de que, cuando intento “mejorar” no estoy haciendo otra cosa sino esconder. Y cuando escondo una parte de mí no deja de pertenecerme, simplemente se me va a escapar sin mi permiso.

Me doy cuenta también de que cuanto más me exijo a mí misma más le exijo a la gente de mi alrededor, sin darme cuenta. Cuando yo no puedo hacerme cargo de mí misma y responsabilizarme de mis propias acciones y mi propio proceso, lo que hago es ponerlo todo fuera.

Volviendo al ejemplo de la terapia, cuando mi parte crítica y exigente está tan viva y despierta, espero que mi terapeuta me quite el malestar que me pueda estar generando. Quiero que me dé respuestas, que me haga sentir bien, que me recete una fórmula mágica para estar tranquila. Porque cuando me exijo y me juzgo no me responsabilizo de mí misma. Solo me quiero quitar las partes que no me gustan de mí. Y si yo no soy la responsable de mis cosas, lo es la otra persona.

La culpa y el enfado

Un ejemplo que puede ilustrar esto es el enfado. Si para mí el enfado es una parte oscura que no quiero que nadie vea, trataré de ocultarlo para “ser una mejor versión de mí”. Me lo guardo, me lo guardo, me lo guardo, y probablemente en algún momento se me escape, de una manera fuera de mi control, y eso haga que yo sienta muchísima vergüenza, no solo porque se ha visto mi enfado, sino porque ha salido de manera desmedida y descontrolada.

Si alguien me lo señala lo negaré o me defenderé. Y si no soy capaz de aceptar mi enfado pondré toda la responsabilidad de mi malestar en quien me haya enfadado, esperando que cambie su actitud sin hacerme yo cargo de poder poner los límites que necesite en el momento.

En cambio, si veo que esa es una parte de mí, que por diferentes circunstancias he aplacado y he vivido como vergonzosa o dañina, pero que a la vez me puede informar o proteger, podré darle espacio y voz cuando lo necesite. Me podré hacer cargo si sale, y podrá estar a mi servicio en vez de yo al suyo.