Mi niño o mi niña interior

¿Alguna vez habías escuchado la expresión “mi niño o mi niña interior”? ¿Sabes a qué se refiere? ¿Te has preguntado cómo fue tu infancia, la has mirado con tus ojos de ahora? Esa peque que fuiste, esa criatura tierna y sensible… ¿cómo estuvo? Es posible que muchas de las cosas que necesitaste como bebé, o como niña o niño, estuvieran disponibles o cubiertas. Y a la vez, hay momentos en los que no pudimos tener lo que realmente necesitábamos.

Cuando somos peques el mundo nos lo enseñan los mayores: nos enseñan cómo relacionarnos, qué emociones están bien vistas o mal vistas en casa, cuáles se atascan, quién manda, de qué manera puedes conseguir lo que te apetece, o si lo que a ti te apetece no se escucha.

Ellos nos enseñan a poner nombre a lo que nos pasa, muchas veces no sabemos expresarlo con palabras, como es normal. Y a veces los mayores no llegan a adivinar que realmente necesitamos un abrazo, o que nos devuelvan la seguridad en nosotras mismas cuando alguien se ha reído de nosotras, o que nos protejan ante una idea o una situación que nos asusta mucho.

A veces no se dan cuenta, a veces no saben cómo hacerlo. Otras veces, desgraciadamente, nos ponen ellos mismos en esas situaciones dolorosas, tristes, humillantes o peligrosas.

En terapia volvemos a mirar a esta niña, a este niño.

Y lo miramos no porque pretendamos remover el pasado, sino porque este peque sigue dentro de nosotros y nos pide atención una y otra vez en el presente.

¿Alguna vez te ha pasado que algo te desborda y no entiendes bien por qué? ¿Has sentido algo con una intensidad que te ha sorprendido? ¿O has sentido que lo que te pasaba no le pasa igual al resto, y quizás te sientes incomprendida y sola?

Puede que tu niña interior esté saliendo a pedirte la ayuda que no supieron o no pudieron darle en su momento. Quizás lo haga a gritos, otras veces lo hace en silencio, retirándose, como si se alejara del mundo y se encogiera deseando desaparecer. Es posible que haya entendido que, si no le ayudaron en su momento, ya no tiene derecho a pedir ese abrazo, ese consuelo, esa validación o protección.

Hace unos días una amiga me compartió una metáfora que me parece muy gráfica para explicar estos momentos en los que nuestra niña interna se manifiesta en nuestro presente. Me compartía la imagen de una niña pequeña que tiene su camino lleno de obstáculos para llegar al amor tal y como lo necesita y lo merece.

Esta niña, para llegar al amor, tiene que hacer un montón de cosas difíciles: saltar, esquivar, incluso dar volteretas, para conseguir aquello que necesita. Como decía, cuando somos peques el mundo nos lo enseñan los mayores, pero nos enseñan un mundo sesgado: el de nuestra casa. Y nos creemos que el mundo entero estará hecho de los mismos obstáculos con la misma forma y la misma disposición en la que estaban allí donde lo aprendimos.

Cuando nos vamos haciendo mayores vamos explorando caminos nuevos, pero algo dentro de nosotras nos dice, como si tuviéramos la memoria corporal muy despierta, que los obstáculos van a ser exactamente los mismos. Es como si anduviéramos el camino con una venda en los ojos, haciendo exactamente los mismos movimientos que hicimos de pequeñas.

Las mismas volteretas, los mismos saltos

Esquivando en aquellos lugares donde aprendimos que chocarnos dolía. Desde fuera la imagen es tierna, si lo miras con ojos de compasión. Es una imagen curiosa también, una persona adulta atravesando un camino sin obstáculos (o quizás con algunos diferentes) haciendo maniobras extraordinarias y ya innecesarias, para llegar al mismo punto final: el amor.

He oído muchas veces “ya no es una niña, no entiendo por qué se comporta así”, “ni que tuviéramos 15 años”, “parezco un niñato”, “me puse a llorar como una niña”, u otras expresiones similares. Y claro, claro que hacemos esto. Porque cuando un niño o una niña no ha sido cuidado como necesitaba, sigue pidiendo. Nuestras heridas se crearon de niños y son ellos quienes necesitan que los miremos.

Y es aquí cuando se hace un llamamiento a este adulto interior. Quizás esta expresión la hayas escuchado menos. Cuando llegamos a terapia (si no es terapia infantil, claro) venimos con nuestro cuerpo adulto, pero no siempre el adulto que mostramos está disponible para cuidar nuestro dolor.

Es posible que nuestra parte adulta se parezca a quien nos dañó en el pasado, y nos diga que no tenemos razón, le hable al niño con cierto desprecio o pidiéndole que se calle. Esto es muy común, si nos han violentado aprendemos a hacernos lo mismo. Quizás este niño que necesita llorar es callado por el adulto. O quizás es el adulto (convertido en una parte crítica) quien humilla y avergüenza a esta parte vulnerable de nosotros.

La terapia es un lugar para aprender a mirar a esta niña o este niño, para enseñar a nuestra adulta interior a ser esta mamá y este papá que hubiéramos necesitado, sin obstáculos de por medio. Una adulta interior que nos sostenga emocionalmente, que nos arrope, que nos valide, que nos proteja, que nos escuche. Una adulta que sepa cuidarnos. Que nos mire con amor y con compasión. Que nos trate de la forma en la que nos ha faltado.

Volviendo a la metáfora del camino con obstáculos, me imagino a esta parte más blandita de nosotras con la venda haciendo un montón de maniobras imposibles, y a esta parte compasiva y capaz, la adulta, acercándose con amor, tocándole un hombro para que no se asuste y quitándole el vendaje.

Diciéndole algo así como “estoy aquí contigo, ya no hace falta que des tantos saltos y hagas tantas piruetas, y si alguna vez lo necesitas estaré aquí a tu lado para mirarlos y ver si necesitas escalarlos, rodearlos o mimarte si te diste antes de verlo. Ya no estás sola.”