¿Y si no fuera sólo el miedo a sufrir, sino el miedo a descubrir qué necesitamos para ser felices?

Hay una escena que se repite con frecuencia: llega el viernes por la tarde y, por fin, no hay reuniones, ni correos pendientes, ni recados urgentes. El fin de semana se abre delante de nosotros como un espacio en blanco. Y, sin embargo, en lugar de descansar, buscamos inmediatamente algo que hacer. Organizamos planes, ponemos una serie mientras miramos el móvil, aprovechamos para adelantar trabajo, limpiar la casa o responder mensajes que podían esperar.

Parece que no sabemos estar quietos.

Y es verdad que vivimos en una sociedad que premia la productividad, que nos hace sentir valiosos cuando hacemos mucho y culpables cuando descansamos. Pero, a veces, la explicación va un poco más allá.

Hay ocasiones en las que no llenamos la agenda porque tengamos demasiadas cosas importantes que hacer. La llenamos porque el silencio nos enfrenta a preguntas para las que todavía no nos sentimos preparados.

Hace poco leí en un libro una frase del escritor Karl Ove Knausgård a la que no he dejado de dar vueltas. Decía que “estar siempre trabajando es también una forma de simplificar la vida y de eludir sus exigencias, especialmente la exigencia de ser feliz.”

No creo que esté hablando únicamente del trabajo. Creo que habla de todas esas formas que encontramos para mantenernos ocupadas y alejadas de nosotras mismas.

Y, sobre todo, de una idea que puede resultar incómoda: a veces no evitamos tanto el sufrimiento, como la responsabilidad que supone escuchar lo que sentimos.

Escuchar nuestras emociones también tiene consecuencias

Escucharnos tiene consecuencias.

Nos gusta pensar que conectar con nuestras emociones siempre nos llevará a sentirnos mejor, pero no siempre ocurre así. Las emociones son una brújula. Nos orientan. Nos muestran qué necesitamos, qué nos duele, qué nos importa y qué ya no encaja con nosotros.

Y ahí empieza la dificultad.

Porque si me permito reconocer que llevo años agotada, quizá tenga que aceptar que necesito poner límites.

Si admito que mi trabajo me hace profundamente infeliz, tal vez aparezca la posibilidad —y el miedo— de plantearme un cambio.

Si me doy cuenta de que siempre estoy pendiente de los demás y nunca de mí, tendré que preguntarme qué lugar ocupo en mis propias prioridades.

Si reconozco que una relación ya no me hace bien, probablemente tenga que enfrentar conversaciones difíciles o decisiones dolorosas.

Las emociones no solo nos muestran lo que sentimos. Muchas veces también nos muestran lo que necesitamos cambiar, y cambiar da vértigo. Quizá por eso resulta mucho más sencillo seguir haciendo. Vivir ocupadas puede ser una forma de no mirar.

Cuando mantenernos ocupados se convierte en una forma de evitar lo que sentimos

En consulta solemos descubrir que muchas cosas de las que hacemos y que nos generan malestar tuvieron, en algún momento, una función muy importante, no aparecen porque sí. Nos protegen.

Hay quien trabaja sin descanso.

Hay quien necesita tener siempre un plan.

Hay quien no soporta pasar una tarde sin hacer nada.

Hay quien vive pendiente de cuidar a todo el mundo.

Hay quien llena cada minuto con el móvil, redes sociales, series o cualquier otra distracción.

Desde fuera pueden parecer hábitos completamente distintos, pero muchas veces comparten un mismo propósito: evitar ese momento en el que el ruido desaparece y solo quedamos nosotros con nuestras preguntas.

Porque cuando dejamos de correr puede aparecer una sensación difícil de explicar.

Un vacío.

Una tristeza.

Una inquietud.

O simplemente una pregunta muy sencilla: ¿Estoy viviendo la vida que realmente quiero vivir?

Y esa pregunta no siempre tiene una respuesta cómoda…

El miedo a cambiar y la exigencia de ser feliz

Hay una parte de la frase de Knausgård que me parece especialmente interesante. No habla de la felicidad como una obligación, habla de la exigencia de ser feliz. Y creo que esa diferencia es importante.

Vivimos rodeados de mensajes que nos dicen que deberíamos ser felices todo el tiempo. Como si la felicidad fuera un estado permanente al que solo hay que llegar. Pero desde una mirada más humana, ser feliz tiene poco que ver con sentirse bien siempre. Tiene mucho más que ver con vivir de una forma coherente con quien somos, y eso exige cosas.

Exige preguntarnos qué queremos realmente.

Exige revisar decisiones que llevamos años sosteniendo.

Exige tolerar la incertidumbre que acompaña a cualquier cambio.

Exige renunciar, a veces, a la comodidad de lo conocido.

No porque lo conocido nos haga felices, sino porque nos resulta familiar. Muchas veces permanecemos durante años en lugares que ya no nos hacen bien. No porque no sepamos que estamos sufriendo, sino porque intuimos que escuchar ese sufrimiento implicará mover algo. Y mover la vida da miedo, a veces mucho más miedo que seguir igual.

No evitamos sentir, evitamos las consecuencias de sentir.

El miedo a sentir como estrategia de protección

Esta idea puede parecer dura, pero también profundamente compasiva, porque deja de entender nuestra hiperactividad como un defecto.

No es falta de voluntad.

No es pereza para mirar hacia dentro.

No es superficialidad.

Es una estrategia de protección. Si sigo ocupada, no tengo tiempo para preguntarme cómo estoy. Si siempre hay algo urgente, no necesito escuchar aquello que llevo demasiado tiempo posponiendo. Si mi atención está permanentemente fuera, no tengo que enfrentarme a lo que ocurre dentro.

Tiene sentido. Nuestro cerebro intenta protegernos de aquello que percibe como amenazante. Y, muchas veces, descubrir que nuestra vida necesita cambios puede sentirse exactamente así: como una amenaza.

Por eso tantas personas decimos que no sabemos descansar. En realidad, muchas sí sabemos descansar. Lo que no sabemos todavía es cómo quedarnos a solas con nosotros mismos sin sentir que algo incómodo va a aparecer.

¿Qué podemos hacer cuando tenemos miedo de escuchar lo que sentimos?

Llegados a este punto, es fácil pensar que la única alternativa sería dejarlo todo, cambiar de trabajo, romper relaciones o transformar la vida de un día para otro. Pero no. Escucharse no significa actuar impulsivamente. Significa empezar a mirar con honestidad, y eso suele ocurrir poco a poco.

Quizá el primer paso no sea cambiar nada. Quizá el primer paso sea simplemente dejar de escapar durante unos minutos.

Permitirte un paseo sin auriculares.

Sentarte un rato sin necesidad de llenar cada silencio.

Preguntarte, con curiosidad y sin juicio “¿Cómo estoy de verdad?”

Puede parecer una pregunta sencilla, pero no lo es. Muchas personas llevamos años respondiendo cómo estamos en función de todo lo que hacemos. Pero muy pocas nos preguntamos cómo estamos independientemente de nuestro rendimiento, de nuestras responsabilidades o de la imagen que proyectamos hacia los demás.

Escucharnos requiere práctica y mucha amabilidad, porque es posible que lo primero que encontremos no sea claridad.

Quizá aparezca cansancio, tristeza, miedo… Y eso no significa que estemos haciendo algo mal. Significa que estamos empezando a dejar espacio para aquello que llevaba mucho tiempo esperando ser escuchado.

Escuchar las emociones para comprender nuestras necesidades

Existe una idea muy extendida de que solo merece la pena mirar hacia dentro cuando ya sabemos qué hacer con lo que encontremos. Pero el proceso suele ser justamente el contrario.

Primero aparece la pregunta.

Después, poco a poco, vamos construyendo la respuesta.

No necesitamos resolver nuestra vida en una tarde. Solo necesitamos empezar a dejar de anestesiar aquellas partes de nosotros que llevan tiempo intentando decirnos algo.

Porque las emociones, incluso las más difíciles, no aparecen para hacernos daño. Aparecen para informarnos. Nos hablan de nuestras necesidades, de nuestros límites, de nuestros vínculos, de nuestras pérdidas y también de nuestros deseos.

Cuando aprendemos a escucharlas, dejan de ser un enemigo del que escapar para convertirse en una guía. Y eso no significa que el miedo desaparezca, significa que dejamos de permitir que sea él quien tome todas las decisiones.

¿Qué papel puede tener la terapia psicológica?

En terapia no buscamos que las personas estén siempre felices ni que tomen decisiones precipitadas. Tampoco buscamos eliminar las emociones incómodas.

Buscamos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: que puedan relacionarse con lo que sienten de una forma suficientemente segura como para dejar de necesitar escapar constantemente de ello.

Porque cuando una emoción encuentra un lugar donde puede ser escuchada, deja de tener que gritar. Y cuando empezamos a comprender qué necesitamos de verdad, ya no hace falta llenar cada minuto de ruido para mantener esa pregunta lejos.

Quizá la exigencia de ser feliz no consista en sentir alegría todos los días. Quizá consista, simplemente, en atrevernos a vivir una vida cada vez más coherente con quienes somos en el fondo.

Aunque el camino dé miedo, aunque a veces implique cambiar y aunque, durante un tiempo, la incertidumbre sea el precio de empezar a encontrarnos con nosotras mismas.