Un año después, ya recuperada pero con un miedo extra a los perros, otro perro salió de su casa mientras ella estaba dando un paseo y también le mordió varias veces, esta vez generándole una infección que le dejó sin querer comer ni beber.

Yo ya no vivo con Trampa, vive en el pueblo con mis padres. Hace un mes, viendo lo grave que estaba, nos avisaron a mis hermanos y a mí de que estaba vomitando agua y que habían pedido una cita de urgencia en el veterinario, que probablemente la iban a sacrificar. Ese mismo día yo me estaba preparando para subir al pueblo en unas horas. Hacía tiempo que quería ir a verla, sabiendo que estaba tan malita. Ese fin de semana tenía intención de despedirme, por lo que pudiera pasar. De repente me vi en la situación de no poder volver a verla. Les supliqué a mis padres que esperaran unas horas, que quería verla una última vez. Pero no podía ser, era fin de semana y era el único momento que tenía la veterinaria para atender a Trampa y que no siguiera sufriendo tanto. Lloré y lloré y lloré, de sentir que perdía a Trampa y que no me había podido despedir.

La primera vez que escuché que es importante prepararse con tiempo para una despedida fue al finalizar un grupo de terapia de un año. Cuando aún quedaban unos tres talleres nos hicieron presente que, aunque quedara un tiempo, fuéramos teniendo presente que el proceso se acababa. Nos invitaron a despedirnos varias veces, porque las despedidas mueven mucho. Un duelo despierta todos los duelos pendientes, y nos salen los mecanismos aprendidos si no los hemos podido acompañar bien. Hay quien desaparece antes de que las cosas terminen. Hay quien no suelta y desde ahí se cuenta a sí misma que esto realmente no va a terminar, y se da la leche cuando llega el momento. Hay quien se cuenta que le da igual todo y pasa de puntillas por los finales. Hay de todo. Y la invitación es a hacernos conscientes y poder poner mirada en lo que nos ocurre, para poder despedirnos, agradecer y soltar.

Aún no he tenido que despedirme de nadie para siempre, pero voy notando que se acerca el momento, que esta suerte no me va a durar demasiado. Tengo una perrita, Trampa, que va a cumplir ya 12 años. Es una perra muy asustadiza y ansiosa, y cuando hay petardos o tormentas tiene mucha ansiedad. En el veterinario vieron que tiene el corazón más grande de lo deseable y que la ansiedad puede ser un problema para ella. En uno de estos sustos, un día que se quedó sola, le dio tanto miedo que saltó la valla de la casa cayendo a casa de los vecinos, que tienen tres perros, y la atacaron a mordiscos. Este fue el primer susto, no sabíamos si iba a salir de esa, y fue la primera vez que me imaginé sin Trampa. El dolor fue enorme.

Cuando llegaron al veterinario nos dieron una buena noticia: como había estado con antibióticos por los mordiscos no habían detectado la infección que tenía en el útero, y vieron que podían operarla e intentar que se recuperara. La llamada con esta noticia me hizo llorar con aún más fuerza, lo que me sorprendió mucho. El alivio dejó que saliera lo que pudiera haberse contenido con el dolor. No sabía si se iba a recuperar bien de la operación, pero por lo menos iba a poder verla una última vez y decirle cuánto la quiero y cuánto le agradezco que haya estado en mi vida, el contacto que me ha dado y su mirada sin juicio.

Tengo 28 años y mis cuatro abuelos aún están vivos y bastante sanos. Las únicas personas de mi familia que han fallecido de las que yo he conocido han sido tres de mis bisabuelos. Hasta que yo tenía 22 años, mi abuelo paterno aún tenía a sus dos padres vivos. Soy consciente de la suerte que tengo, y de lo inusual de mi situación.

La primera vez que escuché que es importante prepararse con tiempo para una despedida fue al finalizar un grupo de terapia de un año. Cuando aún quedaban unos tres talleres nos hicieron presente que, aunque quedara un tiempo, fuéramos teniendo presente que el proceso se acababa. Nos invitaron a despedirnos varias veces, porque las despedidas mueven mucho. Un duelo despierta todos los duelos pendientes, y nos salen los mecanismos aprendidos si no los hemos podido acompañar bien. Hay quien desaparece antes de que las cosas terminen. Hay quien no suelta y desde ahí se cuenta a sí misma que esto realmente no va a terminar, y se da la leche cuando llega el momento. Hay quien se cuenta que le da igual todo y pasa de puntillas por los finales. Hay de todo. Y la invitación es a hacernos conscientes y poder poner mirada en lo que nos ocurre, para poder despedirnos, agradecer y soltar.

No siempre me resulta fácil cerrar o irme diciendo que me voy, de hecho es una de las cosas que más difíciles me resultan, pero esta ocasión me enseñó que es mucho más sanador hacerlo así que dejando el fantasma de mi ausencia. Porque mi cuerpo se va a ir si no quiere estar en un sitio, el hueco se queda. Y el otro lado rellena con lo que su mente se pueda inventar. He estado en los dos lados, yéndome sin despedirme y quedándome sola sin entender por qué. Y siempre agradezco mucho más poder decir adiós, llorarlo, agradecerlo y soltar. Aunque me cueste.

La muerte es una despedida eterna del cuerpo y la presencia del otro, pero hay otros muchos finales. Otro tipo de pérdidas sí que he tenido: rupturas de pareja, de amistad, finales de espacios, cambios de etapa… Algunas de ellas las he hecho con consciencia y amor, aunque también con dificultad, como por ejemplo cuando me fui de un grupo que me había acompañado la mayoría de mi vida. Hubo un tiempo en el que miraba para otro lado. Dejé de ir, de quedar y de priorizar el espacio sin poner mucha mirada en que lo que me estaba pasando es que ya no quería estar ahí. Y cuando pude parar un momento a mirar y me di cuenta, decidí despedirme y darle a mi cuerpo lo que me estaba pidiendo, y hacerlo con transparencia (tanto para mí misma como para mi grupo).

Les reuní y les hablé de lo que me había estado pasando. Era un grupo donde acostumbrábamos a compartirnos y hacer dinámicas, entonces preparé una pequeña despedida y un deseo para cada persona, y una carta para el grupo entero. Pude llorar lo que había estado evitando durante el último año. Y una cosa que se me quedó muy gravada fue que me devolvieron con mucha emoción la gratitud de la despedida, haciendo presentes a todas las personas que se habían ido del grupo en los años anteriores sin despedirse y sin avisar.