Aprendiendo a entender e identificar la disociación
¿Qué es la disociación?
El término disociación hace referencia a la desconexión entre la mente de una persona y sus emociones, recuerdos, pensamientos y sensaciones físicas. Así pues, cuando hablamos de disociación, estamos aludiendo a la falta de conexión entre elementos que normalmente están vinculados entre sí.
La función de la disociación es la de defendernos frente a situaciones que sobrepasan nuestras herramientas psicológicas para hacerles frente, como una manera de intentar protegernos frente a algo que sentimos profundamente peligroso e imposible de gestionar. Se trata pues de una respuesta adaptativa que «desconecta» nuestra mente de la realidad que experimentamos.
Así, cuando una situación se siente muy peligrosa, nos evadimos de nuestro cuerpo para protegernos y huir de lo que estamos viviendo, aunque físicamente no podamos escapar. En resumen: es la forma que encuentra nuestra mente para resguardarnos de lo que estamos experimentando, distanciándonos de lo que sucede para hacernos sentir más seguros, de manera que podamos seguir viviendo sin vernos sobrepasados por lo que ha sucedido.
¿Cuándo suele ocurrir?
Los grados de intensidad de la disociación pueden variar mucho. Por ejemplo, una disociación leve sería ese momento en el que te enfrascas totalmente en la lectura de un libro o mientras ves una película, de manera que dejas de ser consciente de lo que sucede a tu alrededor. También, cuando realizas el viaje de vuelta a casa en automático y no eres capaz de recordar el recorrido que has hecho.
Asimismo, como comentábamos más arriba, la disociación también puede ponerse en marcha en situaciones que nos demandan mucho a nivel emocional y nos generan un profundo estrés. En estos casos, no es raro que las circunstancias que estamos viviendo puedan tener un componente traumático.
De este modo, dado que no siempre contamos con los recursos psicológicos necesarios para afrontar lo que estamos viviendo, la disociación nos protege, ya que este mecanismo de defensa nos ayuda a sobrevivir a la situación amortiguando su impacto sobre nosotros.
Por lo tanto, la disociación nos permite sobrevivir a situaciones que, de otra forma, seguramente hubiesen implicado un coste emocional demasiado elevado. Es una forma de «archivar» hasta que estemos preparados para integrar la experiencia en nuestra historia de vida.
Como hemos mencionado, este tipo de disociación sucede habitualmente en personas que han sufrido situaciones traumáticas, como por ejemplo un accidente de coche o experiencias de maltrato. De este modo, como forma de protegerse, la mente de la persona “congela” estas vivencias, provocando episodios disociativos.
¿Cómo puedo vivir la disociación?
Como ya hemos comentado, la disociación se puede experimentar en distintos grados de intensidad y, también, puede plasmarse de maneras muy diferentes. Puesto que a veces puede ser por ello un poco difícil de identificar, os contamos algunas de las formas más habituales en las que podemos reconocer la disociación:
1. Dificultad para conectar con nuestras emociones: “no siento nada, estoy anestesiada/o”
A veces, podemos identificar la disociación cuando nos cuesta conectar con el contenido emocional de algo muy duro que hemos vivido y nos encontramos hablando de ello con un tono neutral, como si no nos impactase de ninguna forma.
2. Lagunas en nuestra historia de vida: “no recuerdo nada de mi infancia”
También es frecuente que sintamos que hay vacíos en etapas de nuestra vida o con respecto a sucesos traumáticos y puede abarcar desde horas (un accidente de tráfico, por ejemplo) hasta semanas, meses o años.
3. Dificultad para concentrarnos y focalizar nuestra atención
Una forma bastante habitual de la disociación es la de encontrarnos grandes obstáculos a la hora de estar y mantenernos en el aquí y en el ahora.
4. Sentirnos despersonalizados: “a veces tengo la sensación de que no estoy dentro de mí”
No es extraño que podamos sentir nuestro propio cuerpo como algo ajeno, como si no fuese nuestro o estuviésemos soñando.
5. Dificultad para conectar con los otros y/o con el mundo: “me siento helada/o por dentro, incapaz de conectar con otra persona”
Otra posible señal de disociación es cuando sentimos internamente que somos incapaces de conectar con otras personas a un nivel emocional o, incluso, podemos llegar a sentir que el mundo y lo que ocurre en él nos es ajeno.
6. Ausencia de expresión facial
Además, a veces podemos identificar este mecanismo protector cuando notamos en el otro una gran falta de expresividad facial, como si no hubiese conexión entre la persona y su experiencia interna.
Como hemos señalado a lo largo del texto, la disociación supone una forma de sobrevivir a una realidad que duele mucho. Aun así, es importante señalar que este mecanismo protector no nos permite elaborar y procesar la vivencia traumática, por lo que obstaculiza que podamos sanar la herida emocional que ha provocado esta experiencia.
Por eso, a pesar de lo valiosa que ha sido esta manera de protegernos para poder continuar viviendo, es profundamente importante poder ir integrando todos los elementos que han quedado disociados.
Llegar a procesar estas vivencias tan difíciles es el camino que nos permitirá lograr sanar las heridas emocionales que nos han dejado y el dolor emocional que las envuelve.
Y, dado que este es un proceso muy difícil y que puede dar mucho miedo, nosotros no podemos más que recomendar el acudir a un profesional que nos acompañe en el camino de elaborar e integrar las partes que hemos necesitado bloquear de nuestra experiencia. Y es que: no se puede sanar aquello que no se puede sentir.




