¿Qué es el niño interno?

El niño interno es un concepto cada vez más presente en el imaginario popular. En psicoterapia, uno de los trabajos que nos ayuda a aceptar nuestra vulnerabilidad y mirarnos con amor es el de conectar con nuestro niño interno, pero ¿qué es realmente y a qué hace referencia este término? En este blog trataremos de explicarlo de forma amena y cercana.

Originalmente, la escuela gestáltica acuñó el término del “niño interno” para hacer referencia a los aspectos psicológicos más vulnerables de nuestra persona. Estas partes de nuestra personalidad se crean a partir de vivencias o aprendizajes de nuestra infancia y, ante determinadas circunstancias, se manifiestan en forma de emociones, pensamientos o acciones.

Podría decirse que, durante nuestra vida, almacenamos una memoria emocional que nos ayuda a entender y enfrentarnos al mundo que no rodea. No dejamos de hacerlo nunca, pero en la infancia somos especialmente receptivos (porque necesitamos absorber muchos conocimientos para nuestro correcto desarrollo), pero también extremadamente vulnerables (porque todavía no hemos desarrollado herramientas ni una visión adulta de la realidad).

Por tanto, Lo que somos y aprendemos en ese momento de nuestra vida se encapsula en lo más profundo de nuestra psique y permanece con nosotros a lo largo de nuestro desarrollo. Nuestro niño interno recoge la inocencia, el juego o la curiosidad propias de la niñez; pero también las heridas emocionales, miedos o aquellas formas en que aprendimos a sentirnos queridos cuando nuestras necesidades no fueron cubiertas.

 

¿Cómo nos afectan las heridas de nuestro niño interno?

Las heridas no sanadas de nuestro niño interno tienen como origen un momento o momentos de nuestra vida en los que sufrimos un malestar tan intenso que nuestra ventana de tolerancia emocional se vio superada.

Esto condicionó nuestra capacidad de procesar dicha situación y nos obligó a desarrollar una serie de mecanismos de supervivencia para tratar de evitarla o sobrevivir a ella a toda costa. Nuestra mente queda anclada a ese momento y, en lugar de desarrollar mecanismos cada vez más adaptativos y adultos para gestionarla, mantenemos los que nos funcionaron aquella vez.

Por tanto, cuando tenemos un niño interno con heridas no sanadas, al experimentar situaciones como adultos que nos conecten con esas heridas, volveremos a ver y relacionarnos con nuestro entorno como lo hizo ese niño.

Si en la infancia nos hemos sentido profundamente rechazados y esto dejó huella, al vivir como adultos una experiencia de rechazo, podríamos volver a sufrir un dolor muy agudo que nos haga sentir o pensar que somos rechazables y no merecedores de ser amados o aceptados. Ese dolor es tan intenso que haremos lo que sea para tratar de mitigarlo, llegando incluso a agredirnos o a exponernos a situaciones dolorosas con tal de sentirnos bien.

En lugar de relacionarnos de forma sana con el rechazo como haría un adulto, nos identificamos con el como le pasa a un niño; dejamos de ser el adulto que somos, para convertirnos en el niño que fuimos.

Un ejemplo de esta situación en un adulto que, de niño, sufrió experiencias de abandono y rechazo en su familia, podría versar de la siguiente manera:

En mi grupo de amigos me ha sucedido una cosa que ha hecho que me sienta ignorado y señalado. En ese momento, algo dentro de mi ha cambiado, mis pensamientos se han acelerado tratando de comprender qué está pasando, qué he hecho mal y qué debería haber hecho mejor; comienzo a buscar soluciones rápidas para evitar ese malestar y cada vez me siento más desesperado. Y, como le pasaría a un niño, empiezo a tener pensamientos negativos y muy críticos sobre mí mismo (“no me están mirando, seguramente sea porque les parezco un pesado”, “todos ven que estoy avergonzado, soy ridículo”, “tendría que estar siendo el centro de atención, debería tratar de atraer todas las miradas y conseguir que se rían con lo que digo”). Esto duele tanto que voy a tratar de sentirme mejor; quizá debería beber más, porque cuando bebo soy más gracioso; quizá debería irme y rechazar a estas personas que me están rechazando o que lo van a hacer en algún momento; quizá estoy solo en el mundo y lo mejor es no confiar en nadie…

El pensamiento y la forma de interpretar la situación de la persona del ejemplo se conoce como pensamiento mágico infantil, un tipo de pensamiento más intenso y muchas veces desconectado de la realidad.

¿Cómo sanar nuestro niño interno?

En terapia proponemos un camino de autodescubrimiento, una especie de “viaje en el tiempo”, para descubrir cuales han sido aquellos momentos o eventos negativos que aún no hemos sido capaces de superar y nos mantienen anclados al pasado.

Cuando, desde la perspectiva de nuestro adulto presente, empezamos a observar y entender lo que le sucedió a nuestro niño interno en el pasado, poco a poco, iremos siendo capaces de sanarlo para hacernos uno con él.

El proceso pasará por tomar conciencia de nuestras heridas (qué me pasó, cómo me afectó, qué me faltó…), para poder conectar claramente con lo mucho que nos dolieron. De esta manera, empieza a resultarnos más sencillo validar a ese niño interno y su dolor (un niño no tiene la culpa de que le falte amor, o cariño y esa ausencia no se debe a su falta de valía, sino a las dolorosas experiencias que le tocó vivir).

Gracias a esto, gradualmente, podremos ir convirtiéndonos en el adulto que a nuestro niño le faltó y conseguiremos tratarnos a nosotros mismos como habríamos necesitado ser tratados en aquel momento. Es decir, nos convertiremos en nuestro mayor aliado en el momento en el que más lo necesitamos.